Solemnidad de Cristo Rey: ¡Venga a nosotros tu Reino, Señor!

Iguazú (IN). Hoy la Iglesia celebra la festividad de Cristo Rey y con esta solemnidad culmina el año litúrgico. En la primera lectura el Profeta Daniel (7,13-14), nos dice que vendrá “sobre las nubes del cielo”, indicando el retorno glorioso de Cristo al final de todos los tiempos, cuando venga a juzgar a vivos y muertos. Dios, lo ha constituido Señor de toda la creación confiriéndole todo poder sobre el cielo y la tierra, hasta el final de los tiempos (Ib. 13).

Esta profecía del Antiguo Testamento es corroborada en la segunda lectura dominical tomada del libro del Apocalipsis (1, 5-8) cuando dice “Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era, y el que vendrá, el todopoderoso”. Todo será juzgado por Él, ya que ha sido siempre el principio de toda la creación. El Verbo Encarnado es el que viene a salvar a los hombres del pecado y de la muerte eterna y constituido Señor de la vida, es quien al final vendrá a juzgar la vida. “Mirad él viene en las nubes, y todo ojo lo verá; también los que lo atravesaron, y todos los pueblos de la tierra se lamentarán por su causa”, se verá al Cristo glorioso y se contemplará su crucifixión, así recordará la humanidad entera, “el amor con que nos amó” (Ib. 5). Convertidos los seres de la tierra en súbditos de un reino de amor, en coherederos de su gloria, en hermanos partícipes de su realeza y de su señorío sobre todas las cosas, gozaremos entonces para siempre de la eternidad de ese amor y de ese señorío.

El evangelista San Juan (Jn. 18, 33b-37) une el tema de la realeza de Cristo a su pasión en la conversación con Pilato. Jesús -quien siempre tomó distancia del tema de la realeza y huyó de quienes le querían hacer rey- en esta conversación afirma: “Tú lo dices, Yo soy Rey” (Ib. 37), aunque antes había declarado: “mi reino no es de este mundo” (Ib. 36). Esto nos lleva a considerar que la realeza de Cristo no está vinculada al poder de este mundo, ni a la función política, ni al dominio temporal, sino que está en relación a un señorío espiritual que consiste en anunciar la salvación y llevar a los hombres al conocimiento y el amor de la Verdad suprema, liberándolos de las tinieblas del error, del pecado y de la muerte. “Para esto he venido al mundo, para ser testigo de la verdad” (Ib. 37).

Debemos volver al rico patrimonio del Concilio Vaticano II para afrontar la nueva evangelización como parte de la construcción de este reinado espiritual de Cristo que se hace presente mediante el apostolado y el testimonio de santidad de los miembros de la Iglesia que viven en el mundo sin ser del mundo, sino siendo súbditos del único Rey, Cristo Señor. Si bien todos estamos llamados a construir el Reino de Cristo, los laicos hoy están llamados a hacerlo de un modo más intenso y extenso, abarcando los distintos ámbitos de la vida.

El Año de la Fe será una ocasión privilegiada para estudiar, profundizar y asimilar el espíritu del Concilio para poder traducirlo a la vida en gestos concretos de justicia, amor, paz y verdad. Tanto en los libros del Concilio como en el Catecismo de la Iglesia, los fieles pueden encontrar la inspiración y la fuerza necesaria para comprometerse en la construcción del Reino de Cristo y para participar cada vez más activamente en la misión de la Iglesia: evangelizar a tiempo y a destiempo.

En el evangelio de hoy llama la atención, cómo San Juan relaciona el tema de la realeza del Señor con el de la Cruz. La Cruz será el trono real de Cristo: desde la cruz con sus brazos extendidos, abraza a todos los hombres, los libra, los protege, los asume y los gobierna con su amor. Así, y solamente así, reina el Señor sobre nosotros, que somos atraídos y vencidos por su amor salvador.

Así también los cristianos estamos llamados a construir el Reino de Dios desde el amor. Este tiempo necesita del testimonio individual, matrimonial, familiar, profesional y eclesial. Todos testigos del Evangelio y sus valores, todos firmes en la fe y enraizados en Cristo, no sólo para buscar la santidad personal sino para atraer a muchas almas a Cristo, para que otros también puedan formar parte de este Reino. Nunca se insistirá demasiado en el vital aporte de los laicos en la construcción de este Reino cumpliendo sus deberes familiares, profesionales o sociales al tiempo que colaboran activamente en la misión de la Iglesia.

Que María, Madre de la Iglesia, nos ayude a comprender el espíritu del Concilio y llevarlo a nuestra vida.

+ Marcelo Raúl Martorell
Obispo de Puerto Iguazú

By | 2015-11-20T16:28:26+00:00 noviembre 20th, 2015|Puerto Iguazú, Sociedad|0 Comments