El varón dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer (Gén 2, 24)

Iguazú (IN). “Entonces Dios creó para él a la mujer, para que fuera esa compañía adecuada. Al verla, el hombre exclamó -reconociendo en ella a la compañera del todo semejante-: “¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!” (Ib. 23).

Toda la liturgia de este domingo converge en el tema de la familia, tema fundamental en la reflexión religiosa y social. El libro del Génesis (Gén. 2, 4b.7a.18-24) nos muestra cómo una vez que Dios creó al hombre, hizo desfilar ante él todos los animales creados, a los cuales el hombre les puso nombre, pero no encontró ninguna criatura que pudiera darle la compañía adecuada que necesitaba. El hombre se sentía solo. Ninguno de ellos satisfacía su necesidad de compañía y de amor. Entonces Dios creó para él a la mujer, para que fuera esa compañía adecuada. Al verla, el hombre exclamó -reconociendo en ella a la compañera del todo semejante-: “¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!” (Ib. 23).

El hombre se sentía solo y distanciado de todos los animales de la tierra, debido al don altísimo de poseer inteligencia y voluntad, imagen de su creador. Por eso viendo Dios que la soledad del hombre era verdadera, se dijo a sí mismo: “no es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda adecuada” (Ib. 18). Ambos se complementan entre sí y ambos se necesitan. Dios pensó al hombre y a la mujer, idénticos en su especie, pero diferenciados en sus sexos y al igual que los otros seres tendrían la misión de colaborar con Él en la multiplicación de la especie humana. Por Voluntad del Altísimo, el varón y la mujer tendrían la sagrada misión de unirse y multiplicarse, dando así consistencia y realidad a la familia humana: “por eso el hombre abandonará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne” (Ib. 24). La raíz y la razón profunda de la indisolubilidad del matrimonio se encuentran aquí.

Jesús es interrogado sobre este tema en el Evangelio (Mc.10, 2-16). Allí los fariseos le preguntan sobre la razón del divorcio que Moisés había permitido en ciertos casos. Jesús responde rotundamente citando el texto anterior y les aclara que esas normas mosaicas fueron permitidas por la “terquedad del corazón de los hombres” (Ib. 5), lo cual no fue así al principio de la creación, ya que Dios los quiso unidos: “de modo que no fuesen dos, sino una sola carne”. Y Jesús concluye tajantemente: “lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre” (Ib. 9). Ante la insistencia de los discípulos, Jesús remarca su postura que es la del principio de la creación. Jesús ama la realidad del matrimonio y remarca la necesidad del amor de Dios en éste.

La santidad de la familia y la estabilidad de la misma -para el bien no sólo de los cónyuges sino también de los hijos- es el mandato que Dios mismo ha puesto en el corazón de los esposos y este mandato es el del amor mutuo, el cual debe encontrar en Dios su continuo y constante alimento. Sólo el amor a Dios y la ofrenda constante de los corazones de los esposos podrá hacer permanente esa unión: una ofrenda que sea capaz de despojarse de todo aquello que los separa y divide, especialmente de la superficialidad de la vida y del pecado.

Jesús pide a sus discípulos que permitan que los niños se acerquen a Él. Jesús abrazaba a los niños y bendecía a las madres que se los presentaban. “Dejad que los niños vengan a mí”. Qué maravillosa enseñanza de la madre o de los esposos que presentan a sus niños al Señor, consagrándolos a Él y pidiendo para ellos su bendición y su protección.

Para que la familia crezca en santidad será necesario que los padres practiquen su fe y sean acompañados en esto por sus hijos. Los padres deberán inculcarles el amor a Dios en todo momento, para que en el camino de sus vidas -frente al mundo y al demonio- no se encuentren desamparados, sin la fe y la esperanza que provienen de Dios y que se depositan en el corazón. Cuántas veces nuestros jóvenes y niños caen en el flagelo de la droga, el alcohol y de otros vicios porque se sienten solos y sin esperanza en un mundo cada vez más difícil.
Amarlos no significará ser permisivos y criarlos sin fe y sin obligaciones religiosas. Por el contrario deberán enseñarles a Dios y comunicarles en Él toda la grandeza de su amor, para que los hijos puedan ver el mundo que los rodea a través de la mirada de Dios que es amor.

Que María, Madre de Jesús, nos eduque en el amor a Dios y a sus mandamientos.

+ Marcelo Raúl Martorell
Obispo de Puerto Iguazú

By | 2015-10-03T09:30:36+00:00 octubre 3rd, 2015|Puerto Iguazú, Sociedad|0 Comments